Ascensión al Moncayo25 de noviembre de 2007 De buena mañana me pongo en marcha hacia el Santuario del Moncayo, con idea de ascender el pico más alto del Sistema Ibérico, 2.316 m. de altitud. Esta vez no me llevo a Jaime, porque no sé si está en condiciones. Hice bien. Por el camino amaneció; muy bonito, pero hay que ver cómo molestaba el sol en toda la jeta...
Ya desde Calahora el Moncayo domina el paisaje. Me desvío por Tarazona hacia Vera del Moncayo. Allí, junto al Monasterio de Veruela, parte una pista forestal asfaltada que sube hasta el Santuraio. Sólo los últimos kilómetros están sin asfaltar, pero en buen estado (salvo, claro está, por el hielo).
Hacia las 9 de la mañana estaba en el aparcamiento de Haya Seca, a 1.580 m. Aún faltaba un poco para el santuario, pero la pista estaba casi helada y preferí quedarme allí. De todas formas, venía bien el corto trayecto hasta el Santuario como calentamiento para lo que se avecinaba. Inmediatamente pensé que la excursión se iba a frustrar, porque me costaba andar por la pista, además de que hacía un frío de pelotas (3ºC bajo cero).
Este fue el primero de los varios amagos de retirada que hice a lo largo de la excursión que, por varias razones, se me complicó más de lo necesario. En fin, empecé a subir las primeras rampas con intención de pasear un poco, hacer unas fotos y ver qué ocurría más adelante. Conforme iba ascendiento, la fina capa de nieve no ofrecía ninguna dificultad, así que me animé y continué el recorrido.
El primer tramo atraviesa un bosque de pinos; la nieve que caía de los pinos hacía parecer que nevaba aunque no era así. Los árboles, eso sí, estaban bien cargaditos:
Pronto alcanzo la Hoya de San Miguel, el fondo del circo glaciar del Moncayo. Desde ahí, un sendero zigzagueante asciende hacia el cerro San Juan. Ese es el camino elegido (aunque, dadas las circunstancias, tampoco había otro).
Durante la incesante subida empiezo a tener problemas; las botas no se agarran y voy pegando continuos resbalones. Pasados los 2.100 metros, una advertencia me hace pensar dos veces si continuar:
Mientras me lo pienso dos veces, veo a un montañero que baja con crampones; resignado, me doy la vuelta, porque no me apetece nada la idea de bajar rodando hasta el fondo del cucharón, que no es que sea la Escupidera, pero tampoco tiene mal historial. En seguida me cruzo con otro montañero que baja de la cumbre; le cuento mi desgracia y me asegura que no son necesarios en ningún momento los crampones, que no hay nieve dura ni hielo. Pues hala, me hace cambiar de opinión y tiro otra vez para arriba, a ver si mejora la cosa. ¡Ya estoy cerca!
Subo con cuidado de clavar bien la bota a cada paso y llego sin incidencias al cerro San Juan; sólo queda una pequeña bajada y continuar el cordal hasta la cima. Ahora el problema no son los resbalones, sino el frío intenso y, sobre todo, el fortísimo viento. Desde arriba, las vistas son extraordinarias: la Sierra Cebollera con el Pico de Urbión, los Pirineos con sus cumbres nevadas, debajo, Tarazona y los pueblos circundantes... un hermoso espectáculo que hace que merezca la pena el esfuerzo.
Cuando sólo queda remontar la pala final de nieve, surge un nuevo problema que me hace plantearme de nuevo la retirada. Al ir a levantar el pie derecho, un repentino dolor en el tendón hace que me cueste un mundo dar un paso. Casi no me lo puedo creer, apenas a 10 minutos de la cima y casi no puedo andar... Después de unos minutos muy incómodos, el dolor va desvaneciéndose y puedo continuar con normalidad. Pero por fin alcanzo la cima del Moncayo.
En la cima hay varias cruces y un vértice geodésico, además de una serie de "parapetos" de piedra que ayudan a soportar los fortísimos vientos.
Acurrucado en uno de esos parapetos, intento comer y beber algo pero... es imposible. Tanto la bebida como la comida se han congelado. El viento no hay quien lo aguante, así que no me entretengo mucho y empiezo a desandar el camino.
El viento sopla ahora con más fuerza y cuesta mucho mantener la dirección. En unos minutos supero el cerro de San Juan y empiezo a bajar; afortunadamente, el frío y el viento disminuyen, pero se recrudece mi problema con el agarre de las botas. Es curioso porque he alcanzado a un grupo de unas diez personas que bajan delante de mi y ninguno de ellos parece tener problemas. Me apoyo con firmeza en los bastones, pero no evitan los constantes patinazos. No termino de entenderlo.
El descenso se me hace largo. Pero lo peor está por venir; en el trayecto entre en Santuario y el aparcamiento, me cruzo con gente con zapatos que van a tomar un café al bar. Mientras ellos suben tan tranquilos, ¡yo sigo patinando! Incluso acabo en el suelo un par de veces. La cara de idiota que se me debío quedar tuvo que ser digna de verse. En fin, creo que va siendo hora de comprar unas botas nuevas... |